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Relata tu experiencia con la ansiedad

Moderadores: LuisCortes, Rampage

 #51584  por Bandini
 Lun, 19 Abr 2021, 17:01
Buenos días,

me gustaría compartir mi experiencia con la ansiedad, con el fin de encontrar personas que estén pasando o hayan pasado por una experiencia similar, y podamos de alguna manera ayudarnos mutuamente. Intentaré resumir todo lo más posible, pero creo que es importante saber de dónde vengo, para entender dónde estoy.

En enero de 2019 decidí irme a vivir a otra ciudad en lo que creía era una oportunidad de crecimiento profesional y personal, y mi pareja y yo, que acabábamos de volver tras haberlo dejado hacia un par de meses, aprovechamos esta circunstancia para irnos a vivir juntos. Personalmente, me encontré:

1. En una ciudad nueva, donde no conocía a nadie.
2. En una relación que hacia aguas y que intenté con todas mis fuerzas reflotar sin éxito.
3. En un trabajo nuevo, con nuevas responsabilidades.
4. A 700 km de familiares y amigos.

Cuando mi pareja y yo lo dejamos, apenas cuatro meses después, en mayo de ese mismo año, me quedé completamente sólo en aquella ciudad. Durante los meses anteriores ella y yo no habíamos tenido vida social activa por diferentes motivos y yo, por mi tipo de curro, trabajaba desde casa y en la calle (mi empresa no tenía oficina física en esa ciudad, por lo que no tenía posibilidad de establecer amistades a través de compañeros de trabajo, por ejemplo).

Me tuve que enfrentar a una ruptura sentimental sin apoyo emocional de ningún tipo, en una ciudad desconocida. Los siguientes meses (mayo19 - julio 19) comencé a sentir los primeros síntomas (aunque por aquel entonces yo no me planteaba que fuera ansiedad, simplemente los ignoraba, no me planteaba nada): mi único contacto era por teléfono con mi madre y algún amigo, no tenía contacto físico con nadie cercano a lo largo del día. Comencé a fumar y a beber por la noche para sentirme tranquilo y poder conciliar el sueño, apenas comía o lo hacía muy mal, me costaba un esfuerzo infinito levantarme por las mañanas o simplemente hacerme de comer. El síntoma que más recuerdo de aquel entonces era el de "embotamiento" de la cabeza, incapaz de concentrarme, falta absoluta de motivación e ilusión por las cosas, problemas para dormir, levísima sensación de hormigueo en manos y pies... pero yo, que soy una persona proactiva, luchadora, me dije a mí mismo: en agosto te coges vacaciones el mes entero, vas a ver tu familia y amigos, te recuperas, y en septiembre vuelves con las pilas cargadas. Y eso hice. Pasé un mes en el que no paré de hacer cosas, disfruté de mis amigos, de mi familia, y a la vuelta, en septiembre, me apunté al gimnasio, comencé a comer bien, dejé de fumar y de beber (siempre he sido fumador social, pero en esta época comencé a fumar mucho más), y con mucha voluntad seguí a rajatabla el plan establecido.

Los meses de setiembre-diciembre, aunque aún me notaba el cuerpo "raro", comencé ganar músculo y a sentirme bien físicamente. No obstante, aunque había conseguido controlar algunas cosas, otras quedaban aún fuera de mi alcance: profesionalmente comencé a sentirme decepcionado con mi empresa (porque yo había hecho un sacrificio personal trasladándome allí, a cambio de unas promesas, que no estaban cumpliendo) y seguía en aquella ciudad, solo, sin contacto con nadie, y cuando tuve oportunidad de hacerlo, de conocer gente, rehuía: me daba pereza quedar con la gente, me suponía un esfuerzo, un gasto de energía que no quería llevar a cabo. A cambio, lo que hice, fue ir dos o tres veces al mes a mi pueblo, a empaparme de mis amigos y mi familia, algo que suponía un esfuerzo físico enorme, porque invertía un día en ir (viernes), un día allí en el que no paraba de hacer cosas (sábado), y otro en volver (domingo). Pero psicológicamente, aparentemente, me compensaba.

A mediados de diciembre y comencé a hablar con una chica, todo parecía normal, ya me había fijado en ella otras veces y ella en mí: nos gustábamos. Así que decidimos quedar por primera vez, y cuál fue mi sorpresa cuando sufrí un gatillazo. No era la primera vez que me ocurría, así que le di toda la poca importancia que se le puede dar por parte de un hombre a un episodio de este tipo (porque por poca que se le dé, pues te da que pensar inevitablemente, más cuando estás con una chica que te gusta mucho). El problema fue cuando quedamos en sucesivas ocasiones, y logré tener erecciones pero con algo de esfuerzo, y no eran completas. Para mí esto sí era algo incomprensible. Prácticamente de la noche a la mañana perdí el deseo sexual.

Unas semanas después, a principios de enero de 2020, comencé a preocuparme por mi estado de salud y a pensar que "algo me pasaba". Fui al médico de cabecera, le conté brevemente lo queme ocurría: leves hormigueos en manos y pies; sensación de pérdida de fuerza (por ejemplo, al llevar las bolsas de la compra, podía levantar el peso sin problemas, pero sentía que el músculo se cansaba mucho antes; igual subiendo unas escaleras, como que el músculo llegaba a esa sensación de dolor mucho antes); y pérdida del deseo, principalmente. Me mandó hacer un análisis completo de sangre y orina, y una cita con la psicóloga. Los valores de los análisis arrojaron todos resultados normales, y sólo fui a una cita con la psicóloga de la seguridad social (no me convenció en la primera sesión, y por otra parte, debido a la saturación, las citas eran muy distantes unas de otras y no veía como eso podía ayudarme).

Seguí con la rutina sana (ejercicio, dieta...) que llevaba meses adoptando y nos metimos en febrero (2020). Un día, me llamo mi madre (con la cuál tengo una relación estrechísima, supone un pilar fundamental en mi vida), que llevaba tiempo aquejándose de diferentes síntomas físicos que en el médico de cabecera habían diagnosticado hacía ya un año como un trastorno de depresión, para decirme que le habían detectado un tumor en la cabeza. Desde ese momento, mi padre, mi madre y yo nos ponemos en marcha para buscar soluciones. El especialista, por una parte, le dice que debido al tamaño cuanto más se tarde en operar más probabilidad de que haya síntomas irreversibles y mayor dificultad de extracción; por otra, que como no es una operación de vida o muerte, entraría en lista de espera porque, recordemos, estábamos a las puertas del COVID y se estaban comenzando a cancelar y retrasar todas las operaciones que no fuesen de vida o muerte.

Finalmente, tras sopesar las opciones, y haciendo un esfuerzo económico que estaba por encima de nuestras posibilidades, decidimos optar por la sanidad privada. En marzo de 2020, en plena pandemia, operaron a mi madre con éxito: dos días después, le dieron el alta, y esa misma noche, en casa, viví la experiencia más horrible de toda mi vida. Desde mi habitación, escuché un golpe seco, en el salón. Llamé a mi madre y no respondió. Salí de la cama de un salto y me la encontré en el suelo, combulsionando, con un golpe en la cabeza, recién operada. Es imposible describir lo que se siente cuando tienes a la persona que más quieres sobre la tierra entre tus brazos, sin responder a tu llamada, mientras al teléfono estás con la teleoperadora, guiándote para estabilizarla mientras llegan los servicios médicos. Ojalá nadie tuviera que vivir esta experiencia. Cuando llegaron los sanitarios la estabilizaron en la camilla y la llevaron al hospital. Yo seguía la ambulancia en coche, con mi padre de copiloto. No dejé de llorar ni un solo segundo desde que salí de mi casa hasta que llegué al hospital. "Ella no se merece acabar así", es lo único que repetía una y otra vez.

Pasamos la noche en el parking del hospital. No podían recibirse visitas. No supe nada de mi madre desde que la vi entrar en camilla por la puerta de urgencias a media noche, y hasta las nueve de la mañana del día siguiente, cuando por fin, me dejaron pasar a verla. Estaba consciente. Muy débil. No pudimos tocarnos. LLoré en la distancia como un niño de cinco años. Pudimos hablar. Al día siguiente le dieron el alta: la resonancia magnética no mostraba signos de daño tras el golpe. Las convulsiones resultaron ser un ataque de epilepsia.

Por aquel entonces, yo llevaba ya un par de semanas viviendo en mi casa, puesto que tras el confinamiento nos mandaron a teletrabajar, y debido al estado de mi madre, siendo yo su único hijo (y no teniendo ellos coche), quería y debía estar cerca de ella. Desde lo ocurrido, cada vez que escuchaba el más mínimo ruido en casa, se me ponía el corazón en la boca y me vestía y cogía las llaves del coche y salía al salón corriendo preparado para una emergencia. No podía dormir por las noches. Apenas una semana después del alta por el ataque, la herida de la operación, comenzó a supurar por un punto. Le mandaron antibióticos y al no mejorar, decidieron ingresarla. Durante el mes y medio siguiente, tuvieron que operarla dos veces más para limpiar interiormente la herida, mientras tomaba antibióticos de amplio espectro ya que no daban con a bacteria que había ocasionado la infección. La vi, por primera vez en la vida, derrumbada.

Justo fue en este momento, cuando los hormigueos en manos y pies, comenzaron a ser mucho más patentes (nunca incapacitantes), pero sí continuos y muy desagradables y molestos. Fue en este momento cuando comencé a preocuparme por mi salud mucho más seriamente pero, todavía, seguía sin pensar en la ansiedad como la causa real de esta dolencia. Pensaba que padecía alguna enfermedad de carácter orgánico.
En mayo (2020), estando mi madre aún en el hospital, en mitad de una mala noche en que no conseguía conciliar el sueño, comencé a tener hormigueos en manos y piernas de forma muy notable (más que nunca), y me asusté tanto que me vestí y acudí a urgencias. Allí me hicieron muchas pruebas psicomotrices, un tac, una placa en el pecho y un análisis de sangre. Todos los resultados fueron normales/sin alteraciones. Pasé la noche en observación y por la mañana me dieron el alta.

Durante los meses siguientes (junio 2020 - diciembre 2020) tuve la sintomatología general ya descrita por intervalos. A veces me sentía bien, otras no. A veces los síntomas eran más intensos, y otras veces más suaves. En octubre me incorporé a mi puesto de trabajo en la ciudad donde estaba viviendo y tuve que dejar la casa de mis padres. Mi madre, ya con el alta médica desde junio, parecía cada vez mejor. En diciembre de 2020 acudí de nuevo al médico de cabecera que me mandó un nuevo análisis de sangre y orina, cuyos resultados fueron normales. Y también acudí por primera vez al fisio, ya que comencé a tener fuertes dolores musculares a la altura del cuello. Fui inevitablemente cosechando la idea de que la sintomatología que padezco se debía a algo de carácter orgánico, y no de carácter psicológico.

En estas circunstancias de paranoia, en enero de 2021, me contagié de COVID19. Perdí el olfato y me afectó a la piel: me salieron varios puntos rubí y me provocó dermografismo (al menos, estos dos últimos síntomas creo que son debido al virus, ya que antes no los tenía y durante la infección, aparecieron). Esta sintomatología agravó mis pensamientos respecto a una hipotética enfermedad. En enero fui a un neurólogo que no percibió tras varias pruebas que tuviese síntomas de alguna afección neurológica, y me mandó hacer una resonancia magnética en las cervicales cuyo resultado fuer normal. Igualmente, fui a una dermatóloga que fue quien me diagnosticó el dermografismo y me informó sobre el origen de los puntos rubí.

Finalmente, en febrero (2021), comencé a ir a una psicóloga que me ha diagnosticado ansiedad. Aunque parece que tras varias sesiones he experimentado una leve mejoría, aún me cuesta creer que la ansiedad provoca estos síntomas, ya que la diversidad de síntomas y su prolongación a lo largo del tiempo, me hacen dudar constantemente.
Los síntomas físicos habituales que tengo (normalmente de forma individual, y ocasionalmente en combinación), son:

• Espasmos musculares leves (en cualquier parte del cuerpo).
• Pinchazos musculares (en las yemas de algún dedo de la mano, por ejemplo).
• Dolor muscular leve (sobre todo en la zona nuca-hombros, donde es más fuerte).
• Hormigueo en extremidades (leve-medio). También tengo la sensación de que las extremidades se me duermen con mucha más facilidad que antes.
• Sensación de pérdida de fuerza (sin perderla, me siento fuerte, pero tengo la sensación de que me canso antes).
• Sensación de embotamiento en la cabeza.
• Dolor de cabeza.
• Molestias gástricas leves.

Hace mucho tiempo que no disfruto de la vida plenamente, porque me cuesta mucho desconectar. Tengo miedo a estar enfermo. Estoy continuamente analizando mi cuerpo, alerta, lo que me provoca una sensación extraña continúa en el mismo, como de malestar, que no me permite disfrutar de los momentos.
Sólo espero con mi testimonio ayudar a otros reconociéndose en mis palabras, y a mí mismo .intercambiando experiencias y opiniones con personas que estén pasando por un proceso similar. Muchas gracias a todos por vuestro tiempo y mucho ánimo en vuestra lucha.

B.